De la montaña al mar
Una vez más emprendimos el viaje desde San Antonio, esta vez a la Colonia Tovar, con la particularidad, de que esta vez la caminata comenzaría en la noche y continuaría con el amanecer, para ser más preciso, comenzamos el “descenso” a las 11:00 de la noche con la luna llena de lámpara para alumbrar nuestro camino, no necesitábamos nada más…
Éramos un grupo de 21 personas al comenzar, pero luego de 3 horas de caminata efectiva, 5 invitados del grupo debieron retirarse debido a lo exigente del camino.
Continuamos nuestro largo camino, de 65 kilómetros cave decir, y el cansancio o mejor dicho, el hecho de caminar toda la noche sin dormir, ya se hacía sentir.
Al amanecer, es muy extraño, las horas parecen días, no se como explicarlo, pero entre el cansancio físico y mental uno se confunde y las 8 de la mañana parecen las 3 de la tarde… Las 3 de la tarde, a esa hora un torrente de agua nos despertó mientras cual sonámbulos caminábamos sobre el suelo arcilloso de aquella región, y continuamos así hasta que encontramos refugio en una vieja finca, en donde sus dueños con la amabilidad que caracteriza a la gente del lugar, nos permitieron pasar allí la “noche”.
Esta parada si bien no estaba en los planes originales, fue bien recibida por todos, sobre todo por que nos pudimos secar y dormir después de caminar durante 16 horas.
Al siguiente día, la señora de la finca, nos horneo unas arepas y luego del preparativo de costumbre, retomamos el camino y hablando en mi caso, lo disfrute plenamente…
A pocos minutos de camino, entramos en un sendero algo angosto y muy húmedo donde cada paso era algo así como una trampa de barro y cada piedra mojada una razón para caer, pero nada nos impido el continuar nuestra marcha. Más adelante reconocimos un sonido familiar en el Henri Pittier, los Araguatos. Caminábamos y a nuestro lado dejábamos hormigueros tan grandes como nuestras canas de llegar. Recuerdo que en un punto del camino el calor era asfixiante y le pregunte a Camilo:
- ¿Cuánto falta para el próximo río?
- MMMHHH!!! Como media hora.
Por suerte Camilo se equivoco y luego de 5 minutos llegamos a una bifurcación que llevaba al río Tuja. ¡Que felicidad ese río!
En esa zona encontramos una de las cosas más hermosas del viaje, un Lirio en medio de una colonia de hambrientas hormigas.
Ya nos faltaba poco para llegar a la ensenada de Tuja, en una de las centenares de curvas del sendero, se dejo ver un paisaje anheladísimo, la ensenada de Tuja, “donde la montaña se encuentra con el mar”. Desde ese punto solo nos restaría una hora de caminata para finalizar el agotador viaje.
Y valió la pena el esfuerzo, es un lugar paradisíaco en verdad y fue para todos la recompensa del viaje.
Una vez más, cumplimos nuestra meta, pagamos nuestra cuota de sacrifico y con la moral enaltecida, nos limitamos a disfrutar de este maravilloso paraje, de su playa y no hay que olvidar sus refrescantes pozos de río que fueron el deleite de todos.
Una vez más, Tierra Alta, nos llevo a un lugar de esos en los que las fotos se quedan cortas para expresar su majestuosidad y queda demostrado que el montañismo, más que un deporte es una religión en la cual el dios de la montaña en esta ocasión nos permitió cruzar sus entrañas y revelo que la montaña, además del horizonte, también se une con el mar.
Pablo Richieri
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